. gente para siempre .

Al principio no quise interesarme porque supuse que él era algo así como un asesino de corales, una plaga ambiental, no lo se, algo así, pero yo estaba equivocado como tantas otras veces. Lo supe desde el primer momento, pero ahora lo siento aún más: a 1000 kilómetros de distancia, me entristece saber que quizá no vuelva a verlo, porque cada frase suya era divertida y sabia: nos contó que un día La Guajira estaba bajo el mar, que Alonso de Ojeda descubrió el Cabo de la vela, que hace tiempo quedaron atrás la bonanza marimbera y las pistas clandestinas, nos confesó que todo lo que tiene se lo ha dado el mar, que lo ha recogido muerto en la playa sin siquiera mojarse los dedos, que nunca fue a la escuela y que jamás quiso aprender Wayuu, nos habló sobre tiburones y nos hizo escuchar el sonido del mar en unos caracoles… Cómo olvidar sus ojos un poco nublados por la edad y las cataratas, cómo olvidar a alguien que te cuenta así su vida, la historia de sus hijos y de la única mujer que amó.

Él se llama Luis Matute y es una de esas personas que se quedan para siempre aunque ya no estemos más con ellas.


(Antes de despedirse, Luis nos pidió que algún día, no sabía cuándo, sería bonito recibir una de las fotos. Como tantas veces lo hemos hecho, Ángela y yo, vamos a regalársela. Ese es uno de esos compromisos con la vida que uno no olvida).

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