Guía Bacánika de Medellín


“En Medellín no hay sino centros comerciales”, “si fuera turista mejor me iría para el mar”… cosas así dicen sus propios habitantes, quejándose intensamente de su ciudad y a la vez enamorados locamente de ella. Lo cierto es que ni locales ni turistas conocemos del todo a Medellín: nos quedamos en la ruta superficial, en los planes “a la fija”: Parque Lleras, Parque Arví, Jardín Botánico, Explora, caminar por el Barrio Prado, bailar en el Eslabón Prendido… algunos de esos parches son buenos, otros ya son clichés de tanto repetirlos. Por eso planteamos esta guía, esta invitación, esta aventura en la que compartimos veinte lugares y actividades distintas para mirar redescubrir a Medellín.

Para comenzar el día, ¡a desayunar!

Guía Bacánika de Medellín - Volumen 1, por Federico (http://FedericoRuiz.com) y Carlos Tobón Franco (http://tobonfranco.com).

Guía Bacánika de Medellín – Volumen 1, por Federico Ruiz (FedericoRuiz.com) y Carlos Tobón Franco (tobonfranco.com).

1.

Buñuelos Supremo, en el Parque de El Poblado, un desayunadero de esquina donde lo reciben con el saludo perfecto para quebrar todas las dietas: “Eso, ¡buena vida!”. El menú incluye arepaehuevo, buñuelos, huevos pericos, torta de pescado, milo o jugo a precios razonables: con $6.000 queda uno feliz. El parche es aún mejor si es domingo de Ciclovía, para darse la recompensa que merece hacer ejercicio. Abren desde las 7 AM y conviene llegar antes de las 10 porque se llena y toca esperar puesto. (Paranoia colombiana: por alguna misteriosa razón, no fue posible tomar fotos… Estas se sacaron a escondidas con el celular). Otros dos desayunaderos típicos son Versalles y el Astor, ambos en el centro en plena Calle Junín: el presupuesto es un poco más alto, las opciones igualmente deliciosas y el parche bastante más cómodo: uno se puede demorar y desayunar leyendo Universo Centro.

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2.

La panadería de Eduardo Madrid, un lugar hermoso cerca de la calle de la buena mesa en Envigado: allí se vive la cultura del pan, se siente el aroma de los croissants humeantes y recién horneados, de los panes alemanes, de los rollitos de canela y los postres que Eduardo aprendió a hacer en Nueva York. Todo un chef con el bagaje para explorar y crear nuevas recetas arriesgándose en combinaciones que son una tortura para los moderados… Si las ganas de algo rico te agarran por El Poblado, la opción es el brunch de Como pez en el agua, delicioso, ubicado en la Vía Provenza (cerquita de Verdeo y de Ceres).

 

En la mañana, tres lugares para ser testigos de cómo cambia esta ciudad

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3.

El Centro Cultural en Moravia, la única obra de Rogelio Salmona (probablemente el arquitecto más importante de Colombia) en Antioquia, que afuera es una cosa y adentro otra: afuera el ritmo agitado del barrio, callecitas estrechas y ropa tendida en los balcones, madres adolescentes perdiendo la paciencia con sus hijos, música a todo volumen, ventas de peluches, tamales a $2.500 y ropa a crédito con el “Plan Separe”. En resumen, un barrio con una larga historia, muchos problemas y gente saliendo adelante como puede. Adentro, las posibilidades de futuro se ven menos complejas gracias a la unión entre inversión pública y arquitectura, haciendo que los jóvenes tengan opciones, algo para hacer con su tiempo libre: aprender música, danza, teatro o simplemente creando alguna estrofa de hip hop. Finalmente, un dato necesario: se llega facilísimo tomando el metro, bajándose en el Jardín Botánico, caminando un poquito hacia el Parque Explora y luego otro poquito más, unas tres cuadritas. Ahí es.

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4.

Los Parques Biblioteca, todos… No queremos hacerle apología a los gobernantes locales ni a sus políticas. Simplemente, como ocurre en Moravia, cada Parque Biblioteca es un escenario que impulsa la transformación de los barrios, ofreciéndole a la gente oportunidades nuevas: de aprender algo, de divertirse, de pasar la tarde viendo las esculturas que tienen, de montar un negocio aprovechando la gente que pasa. Ahora estos parques se están extendiendo por Antioquia. Nuestros recomendados: el de Belén por su arquitectura tan distinta, el de la Biblioteca España y el de San Javier, ambas con preciosas vistas de la ciudad y acceso fácil a través del Metro. Finalmente, el del corregimiento de San Cristóbal, donde el pausado ritmo de vida del campo se agita con la cercanía a la ciudad.

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5.

La Ciudadela Nuevo Occidente y las ironías de la vida VIP. La historia comienza en el año 2007 pero se hizo visible en un momento lindo para Medellín y su gente: los Juegos Suramericanos en 2010. Contaban que allá en lo alto, al final de la línea B del Metrocable, se alojaban los deportistas y que al terminar los juegos esos edificios serían vivienda para los necesitados (muchos de ellos desplazados que vivían en el basurero sobre el cual se construyó Moravia). Quizá lo de los deportistas era leyenda… Lo que sí es cierto es que en esas urbanizaciones empaquetaron más de 50 mil personas en edificios de 9, 10 y 11 pisos sin ascensores, donde las bombas de agua no tienen la potencia para llegar hasta arriba, donde no hay shut para las basuras, no hay escuelas cerca para los niños, no hay oportunidades de empleo para los adultos. Por eso (también por rebusque y conchudez de la gente), muchos apartamentos terminaron convertidos en discotecas, legumbrerías, bodegas de reciclaje y ventorrillos de todo tipo (ojo, dentro del mismo edificio “destinado a vivienda”). La historia sigue y Alfonso Buitrago la cuenta mucho mejor, pero uno puede verla en vivo y en directo por el módico precio de un tiquete en Metro, haciendo transferencia gratis al MetroCable de la línea B. Tras unos quince minutos de viaje panorámico viendo casitas de colores, llega a la Ciudadela Nuevo Occidente y, desde allá, a 2.300 metros sobre el nivel del mar, puede mirar la vida al estilo V.I.P., Vivienda de Interés Prioritario, contemplar lo bonita que se ve Medellín desde arriba y lo grandes que son sus inequidades.

 

Para el almuerzo, varias opciones para darse gusto

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6.

Aunque suena imposible, un restaurante gourmet en la Plaza Minorista: Aquí Paró Lucho”, se llama y al entrar recibe un mozo con finos modales y tres tenedores para cada plato. No pregunten cómo se usan. Su especialidad es la paella española, que preparan únicamente los viernes. Cuentan con un servicio de reserva en línea y acompañan con vino (como si fuera poco). La experiencia completa es contrastar las carnicerías, legumbrerías y sitios de abarrotes que están al lado. Ciertamente el valor es mayor que el de cualquier corrientazo en el centro, pero la paella los vale: para dos personas, con dos copas de vino, $50.000. En resumen, comer bien en un lugar inesperado y lleno de contrastes, no tiene precio y el recuerdo dura para siempre.

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7.

Hace tiempo la Mayorista dejó de ser un sitio de bultos, camiones y choferes barrigones: un McDonald’s en la entrada da fe de ello. El Amazonas, por su parte, va más allá que las cadenas de comida transnacional. En el primer piso está el pescado fresco, como en una distribuidora habitual, y el restaurante está en el nivel de arriba. Al solicitar un plato, bajan por el pez, lo pasan a la cocina y llega preparado en menos de diez minutos. Pescados y mariscos tan frescos que te preguntás hace cuánto aleteaban, arroz con coco al mejor estilo de Taganga y una limonada de coco que debería llamarse coconada y eliminar cualquier referencia al limón. ¿Cuesta un ojo de la cara este paseo por el Caribe? La cantidad de opciones es inmensa. Nos decidimos por una tilapia a la plancha, arroz, ensalada y coconada: $25.000.

 

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8.

No sólo de carne vive el hombre: una deliciosa opción para experimentar algo nuevo y comer sin culpa es Verdeo, restaurante ícono de la nueva cocina vegetariana en Medellín, un lugar increíble por sus platos, por su decoración, por el feeling con el que hacen las cosas. Queda en la Vía Provenza, entre el mercado orgánico Ceres y el parque infantil de la Divina Eucaristía. Por si las dudas, a la entrada hay un enorme graffiti de la diosa Shiva. Para comer, papitas criollas con romero, cazuela de chile con quinua, sándwich de quesos y manzana verde, rollitos de ceviche de champiñones… Los precios van de $10.000 a $25.000, y el menú es una verdadera delicia que hace fácil quererse y cuidarse.

 

Para tardear, tomarse un buen café y parchar con los amigos

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9.

Las cosas han ido cambiando y en estas tierras ha crecido la cultura de café: ahora se sirven productos dignos y se hace del café el rito que merece ser. De muchas opciones, la que más nos gusta es el Café Vallejo: al entrar uno se sorprende con la decoración y los collages de Aníbal Vallejo (el hijo), al ser atendido uno se sorprende con la cultura de Aníbal (el papá), con los libros que recomienda y su amor por los animales. Uno también se sorprende de encontrarse a veces con Fernando Vallejo (el hermano), que no es tan gruñón como parece. Todo por un precio sensato: de $2.000 a $10.000, según lo que pidás. Queda cerca de todo, también funciona de noche y llegar es fácil: en la Avenida Jardín, al ladito del Primer Parque de Laureles. Otras opciones para un buen café y un buen rato de charla con los amigos: Pergamino en la Vía Primavera en El Poblado, El café de los Andes en Plaza Mayor y el café en el último piso del Colombo Americano, en el centro.

 

Para comprar cosas bonitas o llevar traídos

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10.

Vida Augusta, el gusto por el diseño. A todos nos encanta viajar y volver a casa con recuerdos y souvenires, objetos que nos cuenten historias y que se convierten en tesoros de nuestros viajes. Con miles de contenedores chinos inundando al mundo de mercancía de dudosa calidad, si uno quiere comprar algo especial y bueno, algo con gusto por el diseño, el punto es Vida Augusta, ahí en la Vía Provenza, arribita de la Vía Primavera. En la tienda hay unas 80 marcas de diseñadores locales e internacionales: lo difícil es decidir entre tantas cosas que hay: billetes convertidos en obras de arte, increíbles vasos desechables de cerámica, tablas de skate que quedarían de pelos en tu cuarto, fotografías intervenidas con animalitos, ilustraciones, vestidos de baño, ropa, plantas. Precios: hay cosas desde $10.000 hasta $100.000 o más, todo depende.

 

Para hacer que la noche sea distinta

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11.

Lo doy porque quiero, en una vieja casona un poco destartalada que a la vez es bar y lugar de conferencias. Cada martes se presentan un invitado y su charla sobre cualquier tema (vaginas y arte, industria musical, vampiros en el cine, conflictos globales, literatura y muerte, cadena productiva del aguacate, etc.). Queda claro: se vale cualquier tema siempre y cuando se quiera compartir conocimiento en un ambiente sin tensiones, sin egos, sin miedos, sin envidias y si querés tomándote un trago o una cerveza. Se encuentra a media cuadra del Parque Lleras. El horario para las charlas, de 7 a 9 PM. Luego sigue la rumba. Entrar es gratis y el aporte, voluntario. La dirección exacta, por si las moscas, es: Cra. 40 No. 10-25. Son bienvenidos todos los gustos, las aficiones, las habilidades y vos también podés ser quien de la charla, quien lo da porque quiere.

 

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12.

Con la SiCLeada aventurando por las calles, conociendo Medellín de una forma fantástica, los miércoles a las 8 PM, haciendo parte de esta enorme ola que se toma las calles, que pedalea de noche andando con calma, disfrutando del clima de Medellín, creciendo cada vez más: comenzaron siendo unos 50 y ahora son casi 600 personas de ciclopaseo nocturno, hasta ahora van unas 150 sicleadas. La ruta es siempre diferente, así como las nacionalidades de quienes se unen a pedalear: colombianos, japoneses, británicos, brasileros, muchos con sus banderas, con pitos, con sus cámaras grabando la locura de verse disfrutando así las calles, aventurando la ciudad, haciendo ejercicio, parchándola sin afanes, promoviendo la bici como alternativa para la ciudad. Naturalmente, con algunas recomendaciones: buena hidratación, herramientas básicas por si hay pinchazos, algo para la lluvia, ropa reflectiva para ser visto y luces para ver mejor en la noche… En fin, el parche es increíble y la invitación es a unirse, a conocer más: Colectivo Siclas.

 

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13.

La cabaña del recuerdo, lugar increíble que es también un viaje en el tiempo, con la sorpresa de saber que otros jóvenes (colombianos y extranjeros), son la compañía en este flashback hacia el tango, los boleros, los sones, las guabinas. Todo con unos buenos aguardientes, crispetas, cascos de mango y frutas para picar servidas sin moderación… Siempre es buen día para ir pero los miércoles y jueves hay una energía especial: las canciones son interpretadas en vivo, pero no por un “grupo formal”, sino por clientes asiduos y espontáneos, gente que lo deja a uno con la boca abierta, haciendo que esta sea una de esas experiencias que nunca se olvidan y que se quieren repetir. Queda en Envigado, unas seis cuadras arriba del parque principal. Antes de pasar, tómese una cerveza en el Bar Atlenal, un templo tanguero y futbolístico para los hinchas de este equipo, con la ventaja de que no hay barras bravas.

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14.

La 68 en Castilla. “Puebliar” es caer a un municipio cerca de la ciudad, comerse un perro en la calle, parchar en alguna cantina, mirar a esos tipos raros medio artistas, medio callejeros, medio culebreros, y terminar borracho hasta el pelo en una discoteca desértica. Todo junto se encuentra en la ciudad, en el bulevar de la 68. Para llegar, se toma taxi o el bus de Castilla. Se dejan los niños en los juegos inflables, mientras vas a comer oblea, a comprar un cuadro de paisaje con triángulos y unicornios en el espacio, tu nombre sicodélico o un reloj pirata. El aguardiente al final puede ser en el bar Orgasmo o en el Templo. Hay dos templos: del reggaeton y del vallenato, cada uno elige. Ojo: al llegar a la borrachera, hay que tener la misma precaución que en los pueblos: toda mujer tiene dueño y olvidarlo puede significar una nariz rota.

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15.

Son Havana. Para bailar en Medellín hay muchas alternativas: sótanos sudorosos, lugares chic en los parques del sur y huecos en el centro donde llegás pero tu salida es un misterio. En Son Havana hay banda en vivo dos veces por semana, te podés sentar tranquilo y tomarte una cerveza a $3.000 y nadie te va a bailar encima. O sea, también hay espacio para el que no baila. La fiesta dura hasta que a Julio le dé por cerrar, usualmente entre las 4 y 5 AM. Un plus más: como no es tan popular, no caen gringos arrítmicos, así que todos a un mismo son. ¿Prefiere el sudor? El Tíbiri sigue siendo una leyenda y hasta tiene canción propia. ¿Prefiere los arrítmicos? El Eslabón Prendido es para usted. Estos dos últimos también son parches fabulosos, pero ya era hora de que la rumba en Medellín se fuera renovando.

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16.

Carne con secador en la Estación Hospital. El Metro de Medellín sirve para dos cosas: llegar a la estación Hospital y comer carne, y llegar a la estación Hospital y caer al cementerio de San Pedro. Del último hablaremos más adelante. De la carne, hay que comenzar diciendo que es cosa seria: más de media libra de cerdo o de res por $6.000, una verdadera monstruosidad de 30 centímetros deliciosamente pulpa y asada in situ, con carbón avivado a punto de secador para el pelo, método único que está por ser considerado patrimonio de la humanidad o de ser patentado por la Asociación de Peluqueros de Antioquia. El combo incluye arepa con mantequilla y quesito. Los refinados piden guantes desechables. La gente “normal”, come con la mano. “A lo macho”, dicen. El plan es aún mejor si la carne es tarde, para así matar la rasca y amanecer bien.

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17.

Noche de luna llena en el cementerio de San Pedro, porque no todo puede ser farra, porque hay que cultivar un poco la mente… Por eso una noche al mes, los sábados y comenzando temprano (6:30 PM), San Pedro abre sus puertas y celebra las noches de luna llena para hacer recorridos temáticos por sus instalaciones. La más reciente noche fue dedicada al inframundo; es decir, al infierno, en términos cristianos. Anduvimos y nos dimos cuenta de que antes dividían el lugar donde enterraban a los difuntos según quienes fueran y cómo habían muerto. Conocimos las tumbas famosas y entendimos que el infierno es una construcción de cada cultura. Eso dijeron. ¿El público? Gente culta y seria. Por algo los guías son de esas personas que llevan más estudiando que viviendo. Vale la pena y no asusta. Valor, $0 para estratos 1, 2 y 3, llegando temprano porque se acaban rápido los cupos. Para gente más afortunada, esta sumergida en la muerte y su cultura vale $30.000.

 

Para un fin de semana con deporte y buen parche

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18.

Ecoparque y Cerro El Volador. Dejando a un lado el cliché del Pueblito Paisa, tenemos una gran montaña en el centro de Medellín, un lugar que ahora es mucho más seguro y que resulta perfecto para mirar la ciudad, ir un sábado a avistar aves y elevar cometa con profesionales del tema, hacer deporte subiendo en bici o trotando por sus senderos e incluso dar un paseo antropológico por lugares sagrados (los indígenas aburraes que poblaban este valle en la época colonial, hacían allí sus ceremonias). A la bajada del cerro y como remate perfecto para los carnívoros, tirando hacia Robledo, nada mejor que una sobrebarriga en el negocio de la familia García, entre Pilarica y El Volador. Finalmente, si la pereza es mucha, una alternativa es subir en carro a los miradores de Las Palmas, a unos quince minutos.

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19.

El parque de Sabaneta, de nuevo entre lo rural y lo urbano: allí se ven niños persiguiendo vendedores de globos, gente tranquila tomando tinto mientras espera que acabe la misa, jugadores de cartas y de billar apostando para matar el tiempo, familias comiendo asombrosos platos de fríjoles, chicharrón, chorizo y merengón para el postre. Algo raro ha ocurrido con este pequeño municipio: se ha convertido en una especie de refugio para los medellinenses que buscaban escapar de los trancones y el ruido de El Poblado y Laureles, ocasionando un desordenado y escalofriante boom de la construcción. A pesar de eso, Sabaneta sigue siendo un lugar tranquilo para ver pasar gente y disfrutar sin afanes un buen plan dominguero. Presupuesto: con $20.000 pesos se come, se bebe y se habla paja un buen rato.

20. 

Medellín, tanto por descubrir que hace falta una guía volumen 2. Veinte lugares o actividades son poco para redescubrir esta ciudad… por eso, podríamos hacer una guía Bacánika Volumen 2, incluyendo, por ejemplo, las cabalgatas y los cultivos de flores en Santa Helena, las canchas sintéticas públicas y los gimnasios a cielo abierto en los barrios, el Aula Ambiental y la cevichería en la Plaza de Mercado de la América, los Billares Maracaibo para quienes prefieren las actividades deportivas de “menor impacto”, el Mirador de San Félix para los fanáticos de las tortas de chócolo y el parapentismo, el parque Los Salados para navegar en calma o trochar haciendo ciclomontañismo, la reserva La Romera en Sabaneta para oxigenarse antes de que la urbanicen, la 70 para comer arepa con sushi, la Pizzería de la Calle Argentina o La Grappa en el parque de El Poblado, la faceta gótica de la ciudad con las iglesias de Manrique y Barrio Triste, el Parque del Periodista en el Centro o los encuentros de Mil Espadas en la Villa de Aburrá para ver gente rara en esta vida…

En fin, tantos lugares para aventurarse.

Ojalá que esta guía sea el principio para abrir los ojos a lo desconocido de Medellín, para que cada uno cree su propia ruta en esta ciudad de la que nos quejamos tanto y que seguimos amando con locura.

medelli
Ilustración: Tatiana Mejía.

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Guía Bacánika de Medellín – Volumen 1.
Textos por Federico Ruiz (FedericoRuiz.com) y Carlos Tobón Franco (tobonfranco.com).
Fotografías por Federico Ruiz, excepto: 6, 7, 13, 14, 15, 16 y 17, por Carlos Tobón Franco.

Creado para Bacanika y publicado en este link el 04 de marzo de 2016.


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